Es sobrecogedor encontrar en los medios, en la calle y en la vida cotidiana situaciones de abuso y violencia sistemática contra las mujeres sin importar edad, grupo social, condición ni estado civil.

 

Probablemente la mayoría conocemos estos antecedentes y lo triste es que no hacemos nada para poner un alto definitivo a esta situación.

 

 

 

En países del Lejano Oriente, los bebés son evaluados mediante ecografías y si se comprueba que son niñitas son abortadas masivamente por ser improductivas en la economía.

 

En los países más fundamentalistas del Islam, las mujeres no tienen derechos ni a la salud adecuada, ni a la educación, ni a escoger su pareja. Ni siquiera a ser felices en el matrimonio porque, a corta edad, les practican una mutilación genital para que no puedan gozar de la intimidad.

 

 

 

En la mayoría de los países de América Latina las mujeres a igual trabajo no reciben igual salario.

 

 

Se producen por año miles de violaciones y no se hace justicia, más aún si no hay denuncia debido a las humillaciones por las que las víctimas pasan para probar el delito en cuestión.

 

Un altísimo porcentaje de las demandas por acoso sexual, son presentadas por mujeres. Probar es tan complejo que quedan sin ser resueltas, “archivadas”.

 

Miles de jóvenes son secuestradas o engañadas anualmente para transformarse en materia prima del tercer negocio ilegal más rentable del planeta: la esclavitud sexual y la prostitución. (tratas de blanca)

 

 

Millones de madres de familia son contagiadas por sus maridos de sida, porque nunca son prevenidas por ellos de la promiscuidad en la que viven.

 

A pesar de haber demostrado con creces su nivel intelectual equivalente al hombre todavía hay retrógrados (incluso en prestigiosas universidades) que las creen menos inteligentes.

 

 

 

En la actualidad el machismo es una conducta primitiva muy popular que hace que millones de mujeres sean golpeadas, humilladas y hasta vejadas por sus parejas.

 

Miles de mujeres mueren en el mundo todos los años víctimas de sus parejas.

 

Detengamos la mirada en el punto principal: la dignidad. A muchas mujeres victima de éstos y otros atropellos no sólo les han quitado la dignidad, sino, incluso, las ganas de vivir .

 

 

Que lejanos estamos del Mensaje Final del Concilio Vaticano II donde auguraba:

 

“Ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga.”

 

No podemos caer en el facilismo de creer que todo está perdido, ello va contra nuestra fe.

 

¿Hasta cuando tiene que ser crucificado Cristo en sus hermanas, para que los varones entendamos que la relación con las mujeres se debe basar en el respeto y a la justicia?

 

 

 

No creo que las grandes políticas de Estado, que las cartas de los grandes organismos internacionales, ni siquiera los documentos y las encíclicas tan perfectas y llenas de caridad puedan hacer mucho por cambiar esta situación que denigra al genero humano completo. Soy bastante más simple y pragmático.

 

Propongo un breve decálogo para empezar a cambiar este flagelo:

 

 

 

 

1.La dignidad es inherente a toda mujer por ser hija de Dios.

 

2.Recuerda siempre que naciste de mujer.

 

3.Las mujeres son las predilectas de Dios, porque colaboran con El diariamente en el misterio de la vida.

 

4.La inteligencia es un don compartido entre las mujeres y los hombres.

 

5.Tratar como objetos a las mujeres sólo habla de tu poca dignidad y capacidad de amar.

 

 

 

6.Cuando hables con cualquier mujer trátala con el respeto que merece tu madre, tu hermana, tu hija o tu mujer.

 

7.Sácate de la cabeza el machismo, el cual sólo reduce tu mirada de las relaciones humanas y te hace un ser muy limitado y prejuicioso.

 

8.Recuerda estas palabras: respeto, cariño, dulzura, ternura y amor. Son las más valoradas por ellas.

 

9.No discrimines nunca por género, no es justo a los ojos de Dios, que creó al hombre: varón y mujer.

 

10.Rechaza activamente la prostitución, la pornografía, el hedonismo y toda práctica que atente contra la dignidad de la mujer.

 

 

 

 

Si estas pequeñas cosas que acabo de proponer son realizadas todos los días por muchas personas, se puede educar en el amor y el respeto que merecen las mujeres y comenzar una nueva etapa en la humanidad, donde todos, sin importar el género, puedan ser felices.

 

Finalmente, demos gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios ; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan , mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres «perfectas» y por las mujeres «débiles».

 

Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su feminidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es «la patria» de la familia humana, que a veces se transforma en «un valle de lágrimas». Tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad, en las necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el seno de la Trinidad inefable.